Pere Llorach Massana. Las cooperativas de vivienda: hacia un modelo más justo y sostenible

En esta primera sesión del Club de Innovadores 2026 exploramos el modelo de las cooperativas de vivienda con Pere Llorach, investigador, docente e ingeniero especializado en la intersección entre el diseño industrial, la sostenibilidad ambiental y la economía circular.

¿Por qué el modelo de cooperativa de vivienda?

Las cooperativas de vivienda son un modelo sin ánimo de lucro que permite a un conjunto de personas con un objetivo común -acceder a una vivienda- hacerlo a través de la autopromoción. Este sistema evita intermediarios y hace que el coste final de la vivienda sea el precio de coste, sin terceras personas que especulen con el proyecto.

Además, dentro del marco legal en el que operan, las cooperativas funcionan de manera democrática y participativa. Las personas que forman parte de ellas toman las decisiones de forma colectiva y pueden participar en aspectos como el tamaño de las viviendas, los costes, los materiales o la elección del equipo arquitectónico.

Esto permite acceder a una vivienda con una capacidad de decisión mucho mayor sobre el proyecto.

Las cooperativas también pueden convertirse en una base sobre la cual incorporar otras dimensiones al proyecto residencial. Por ejemplo, permiten impulsar viviendas más sostenibles o crear espacios que fomenten la dinamización vecinal y la cohesión entre las personas que comparten un mismo edificio.

En este sentido, el modelo cooperativo puede entenderse como una estructura flexible a partir de la cual se pueden incorporar distintas capas de impacto social o ambiental.

¿Qué impactos sociales y ambientales puede generar una cooperativa de vivienda?

Desde un punto de vista social, las cooperativas de vivienda contribuyen a cuestionar el individualismo que a menudo caracteriza a las sociedades actuales. El hecho de tomar decisiones de forma colaborativa implica confiar en otras personas y construir proyectos compartidos.

Este proceso puede ayudar a superar una visión basada en la desconfianza o el miedo a la convivencia. De hecho, gran parte del mundo que hemos construido -edificios, tecnologías o conocimiento- es fruto de la colaboración.

Las cooperativas de vivienda recuperan esta lógica colaborativa en el ámbito de la vivienda y favorecen formas de convivencia más conectadas. Permiten reconocer que las personas que viven cerca también tienen necesidades y que es posible generar relaciones de apoyo mutuo.

Además, muchas cooperativas incorporan espacios comunitarios para las personas residentes y, en algunos casos, estos espacios también se abren al barrio o al pueblo. Esto facilita la dinamización social y crea vínculos entre el proyecto y su entorno.

Desde el punto de vista ambiental, el modelo cooperativo también ofrece oportunidades interesantes. Como el proyecto se construye de forma colectiva, es posible incorporar criterios de sostenibilidad en el diseño de las viviendas: edificios bien aislados, sistemas energéticos eficientes o el uso de materiales más naturales.

De este modo, las cooperativas de vivienda pueden convertirse en referentes de nuevas formas de construir y habitar.

Hablemos de vuestro proyecto, La Tremolina. ¿Cómo surgió?

La Tremolina es un proyecto de cooperativa de vivienda rural con características bastante singulares. Se trata de un proyecto pequeño, con cinco unidades de convivencia, que también cuenta con un patio central con una zona de huerto y un terreno destinado a otras actividades.

El proyecto surgió a partir de un grupo de personas neorrurales que se habían instalado en el Pallars y buscaban una forma diferente de vivir. La idea era combinar espacios privados —pequeñas viviendas con cocina, comedor, baño y habitación— con espacios comunitarios donde compartir momentos y actividades.

El proyecto respondía a la voluntad de vivir en comunidad sin renunciar a un espacio privado propio. Al mismo tiempo, se buscaba que las personas que compartieran el edificio no fueran desconocidas, sino una comunidad basada en la confianza, el apoyo mutuo y el cuidado.

Esta convivencia permite compartir momentos cotidianos, apoyarse en distintas etapas de la vida —como la crianza— o simplemente generar una red de relaciones más cercana.

El proyecto también incorpora una dimensión territorial. Las personas impulsoras se planteaban qué podían aportar al territorio que las acogía. Por ello, desde el principio se pensó que algunos espacios del proyecto pudieran abrirse al pueblo, ya fuera para acoger actividades o para generar espacios de encuentro con la comunidad local.

Con el tiempo, todas estas ideas fueron tomando forma hasta configurar el espacio que hoy es La Tremolina.

¿Qué aprendizajes y retos aporta este caso?

Uno de los principales aprendizajes de proyectos como La Tremolina es mostrar que no existe una única forma de habitar.

Las formas de vivienda que conocemos suelen responder a hábitos o convenciones sociales que rara vez cuestionamos. Experiencias como esta permiten abrir imaginarios y demostrar que es posible construir otros modelos de convivencia.

Vivir en comunidad, sin embargo, también implica retos. Requiere energía, capacidad de diálogo y voluntad de alcanzar acuerdos con otras personas.

Esto conlleva un aprendizaje importante en términos de gestión emocional y resolución de conflictos. No siempre habrá consenso y será necesario hablar, escuchar y buscar soluciones compartidas.

En realidad, estos procesos forman parte de muchas otras esferas de la vida cotidiana: las relaciones laborales, las amistades o las relaciones de pareja. Los proyectos comunitarios simplemente hacen más visible la necesidad de construir herramientas colectivas para gestionar la convivencia.

Para muchas personas, este esfuerzo también se traduce en beneficios significativos: una red de apoyo más amplia, más compañía y un sentimiento de comunidad más fuerte.

En este sentido, proyectos como La Tremolina también representan un ejercicio de superar miedos y atreverse a imaginar formas de vida diferentes.

¿Espacios como una lavandería compartida pueden cambiar la manera en que nos relacionamos?

Los espacios comunitarios desempeñan un papel importante en la construcción de relaciones.

En La Tremolina hay diversos elementos compartidos, como una lavadora y un horno utilizados por nueve personas. Este sistema tiene ventajas claras desde el punto de vista de los recursos: se necesitan menos electrodomésticos, se consume menos energía y se ocupa menos espacio.

Pero también tiene un impacto social. El uso de estos espacios genera encuentros cotidianos entre las personas que viven en el proyecto.

Estas interacciones, aunque sean breves, contribuyen a reforzar los vínculos y a hacer más visibles a las otras personas de la comunidad.

Cuando todos los servicios se encuentran dentro del espacio privado de la vivienda, es más fácil que la vida cotidiana se desarrolle de forma aislada. En cambio, los espacios compartidos generan oportunidades de encuentro y ayudan a romper ese aislamiento.

Incluso interacciones muy simples pueden tener un papel relevante en la dinamización social de la comunidad.

¿Cómo crees que lavaremos la ropa en 2040?

Es difícil dar una respuesta única. Probablemente convivirán diferentes modelos.

Habrá personas que seguirán utilizando lavanderías con máquinas industriales, otras que tendrán su propia lavadora en casa y también comunidades que optarán por sistemas compartidos.

Desde una perspectiva de eficiencia, los sistemas comunitarios tienen mucho sentido, aunque no es seguro que todo el mundo esté dispuesto a adoptarlos.

Lo que sí parece previsible es que la tecnología de las lavadoras continúe evolucionando para reducir el consumo de agua, energía y detergentes.

También es probable que el debate sobre los microplásticos gane importancia. Esto puede implicar mejoras en los filtros de las lavadoras, pero también una reflexión más profunda sobre los materiales con los que se produce la ropa.

Muchas prendas actuales están hechas con fibras sintéticas derivadas del petróleo, como el poliéster, que liberan microplásticos durante el lavado.

Por ello, el reto no es solo tecnológico, sino también relacionado con la forma en que producimos y consumimos ropa. En cualquier caso, es probable que el futuro combine innovaciones tecnológicas con nuevos modelos de uso compartido de los recursos.

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